Las razones de la marcha de las Hermanitas de los Pobres de Salamanca

Salamanca despide estos días, con dolor y muchísima tristeza, a una de las instituciones religiosas y asistenciales más queridas de la ciudad  como son las Hermanitas de los Pobres con los siguientes detalles

-Tras 154 años de presencia ininterrumpida, las Hermanitas de los Pobres ponen fin a su misión en la capital salmantina, cerrando una etapa que comenzó en 1872 con la llegada de las primeras religiosas para atender a los ancianos más vulnerables. La despedida se celebró con una emotiva eucaristía de acción de gracias presidida por el obispo de Salamanca, José Luis Retana, en la capilla de la residencia de la avenida de San Agustín, donde se reunieron residentes, trabajadores, voluntarios, benefactores y numerosos fieles para rendir homenaje a una comunidad que ha marcado la historia social de la ciudad.

Durante la celebración, el obispo definió el acto como un «cruce de gratitudes», agradeciendo la entrega silenciosa de las religiosas y el apoyo de todas las personas que durante décadas hicieron posible esta obra de caridad. Por su parte, la superiora de la comunidad expresó la emoción que supone abandonar Salamanca: «Nosotras nos marcharemos, pero parte de nuestro corazón se quedará aquí».

¿Por qué se marchan?

La comunidad había anunciado hace tiempo su intención de abandonar Salamanca. Aunque la congregación no ha detallado públicamente un único motivo para esta decisión, el contexto que atraviesan muchas órdenes religiosas en España ayuda a entender este paso. La disminución del número de vocaciones y el progresivo envejecimiento de las comunidades hacen cada vez más difícil mantener abiertas todas sus casas y garantizar la atención directa que caracteriza a las Hermanitas de los Pobres. La comunidad de Salamanca estaba integrada actualmente por nueve religiosas, una cifra que dificultaba asegurar el relevo generacional necesario para continuar su misión.

La decisión, por tanto, responde a un proceso de reorganización interna de la congregación y no a la pérdida del espíritu de servicio que ha caracterizado su presencia en la ciudad durante más de siglo y medio.

Un legado que forma parte de la historia de Salamanca

La presencia de las Hermanitas comenzó en diciembre de 1872, cuando llegaron a la ciudad impulsadas por el entonces obispo Joaquín Lluch. Apenas un día después de instalarse en una vivienda de la calle Padilleros acogieron al primer anciano pobre. Aquel gesto dio origen a una labor asistencial que fue creciendo con el paso de las décadas, primero en la Torre del Aire y, desde 1927, en la residencia de la actual avenida de San Agustín. Miles de personas mayores encontraron allí un hogar donde recibieron cuidados, compañía y dignidad hasta el final de sus vidas.

Las consecuencias para Salamanca

La marcha de las Hermanitas supone mucho más que el adiós de una comunidad religiosa. Salamanca pierde uno de los símbolos de la atención caritativa a las personas mayores y un referente de la acción social de la Iglesia.

Su ausencia deja un importante vacío humano y espiritual. Durante generaciones, las religiosas no solo cuidaron de los residentes, sino que crearon una amplia red de voluntariado, benefactores y colaboradores que hicieron de la residencia un lugar de encuentro y solidaridad. También desaparece una presencia cotidiana que formaba parte del paisaje social y religioso de la ciudad desde hace más de siglo y medio.

El reto ahora será preservar el modelo de atención cercano y familiar que siempre distinguió a las Hermanitas de los Pobres. Trabajadores, voluntarios y las personas que continúen al frente de la residencia tendrán la responsabilidad de mantener vivo un legado basado en la hospitalidad, el respeto y el acompañamiento a los mayores.

Aunque las religiosas abandonan Salamanca, su huella permanecerá en la memoria de miles de familias que encontraron en ellas apoyo, consuelo y esperanza. Su historia forma ya parte del patrimonio humano de la ciudad y constituye un ejemplo de servicio desinteresado que difícilmente podrá olvidarse. Como recordó el obispo José Luis Retana durante la eucaristía de despedida, el amor entregado durante tantos años «permanece» y continúa dando fruto incluso cuando quienes lo sembraron emprenden un nuevo camino.

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