¿Cuál es el mejor día para visitar el carnaval de Ciudad Rodrigo?
Hay lugares en el mundo donde el tiempo no se mide por calendarios, sino por latidos. En la frontera donde Castilla se funde con Portugal, existe una ciudad amurallada que, cada año, decide detener el reloj del progreso para entregarse a un rito que huele a encina, a pólvora y a tradición ancestral. El Carnaval del Toro de Ciudad Rodrigo no es una festividad al uso; es una anomalía maravillosa, una resistencia cultural donde el disfraz convive con la garrocha y la Plaza Mayor se transforma en un coso de madera único en el planeta.
Para entender esta catarsis, hay que recorrer sus calles día a día, sintiendo cómo el pulso de la ciudad se acelera hasta el paroxismo.
Table of Contents
Viernes: El Estruendo de la Ilusión
El Carnaval no comienza con un discurso pausado, sino con una explosión de júbilo que hace vibrar los cimientos de la muralla. El viernes es el día de la descarga emocional. Durante todo el año, los mirobrigenses guardan una energía que solo encuentra salida cuando, al caer la tarde, la campana «Gorda» del Ayuntamiento empieza a tañer con un ritmo frenético.
El punto fuerte de esta jornada es, sin duda, El Campanazo. Miles de personas se agolpan en la Plaza Mayor, formando una marea de color naranja —el color del pañuelo festivo— que espera ansiosa la apertura oficial de las fiestas. Es un momento de comunión colectiva donde no hay forasteros, solo participantes de una alegría compartida. Periodísticamente, el viernes representa el prólogo necesario, el instante en que la ciudad se quita el traje de diario para ponerse el de gala, aunque sea un traje manchado de albero. Por la noche, el primer encierro nocturno pone a prueba los reflejos de los corredores bajo la luz espectral de las farolas, marcando el inicio de la vigilia que durará hasta el miércoles.
Sábado: La Invasión de la Alegría y el Toro del Antruejo
Si el viernes es la promesa, el sábado es la realización más absoluta y multitudinaria de la fiesta. Es el día en que Ciudad Rodrigo parece multiplicar su población por diez. El aire se llena de música de charangas y el centro histórico se convierte en un hormiguero humano donde el ingenio de los disfraces desafía cualquier lógica.
El gran hito del sábado es el Toro del Antruejo. A media mañana, la tensión se traslada a la zona de los pinos. Este toro, elegido con mimo por su trapío y presencia, ofrece un espectáculo de poderío en campo abierto antes de entrar en el casco urbano. Es la mañana de los valientes, de aquellos que buscan la cara del animal en espacios más amplios. Pero el sábado también es el día de la dualidad social: por la tarde, el desfile de carrozas y grupos de disfraces aporta el toque satírico y carnavalesco que equilibra la balanza con lo taurino. Es la jornada de mayor intensidad comercial y festiva, donde las peñas abren sus puertas y la hospitalidad mirobrigense se desborda en cada rincón.
Domingo: La Épica de los Centauros en el Campo
El domingo es, para el purista y el amante de la estética, el día más hermoso del año. Mientras el sol comienza a lamer las piedras de la catedral, en las afueras de la ciudad se prepara una estampa que parece extraída de un óleo del siglo XIX. El punto fuerte, e innegociable para cualquier visitante, es el Encierro a Caballo.
Es en esta jornada donde la conexión entre el hombre, el caballo y el toro bravo alcanza su cénit. Los caballistas, armados con sus garrochas y una pericia asombrosa, conducen a la manada desde la dehesa hasta el corazón de la ciudad. Ver a los animales galopar en libertad, flanqueados por jinetes que parecen fundirse con sus monturas, es una experiencia que trasciende lo taurino para convertirse en pura belleza plástica. El domingo Ciudad Rodrigo se viste de domingo en el sentido más literal: hay una elegancia intrínseca en el ambiente, una solemnidad que precede al estallido de júbilo cuando los toros entran finalmente en la Plaza Mayor tras recorrer el embudo de las murallas. Es el día de la fotografía perfecta y del respeto absoluto a la cultura del campo charro.
Lunes: El Día del Orgullo y el Maletilla
Tras el fragor del fin de semana, el lunes amanece con un sabor distinto, más íntimo y, si se quiere, más auténtico. Es el día en el que los locales recuperan parte de su espacio, pero sin bajar la guardia ante la importancia de los eventos. El punto fuerte del lunes es el protagonismo de los festivales taurinos y, sobre todo, la figura romántica del maletilla.
El lunes es la jornada en la que se respira la verdad del toreo. En la plaza de madera, ante una afición entendida y exigente, los novilleros y las figuras se enfrentan a la responsabilidad de triunfar en un coso que, aunque efímero, pesa como si fuera de piedra. Es un día de análisis, de tertulia en los bares sobre el juego de los toros y la destreza de los lidiadores. Para el visitante, el lunes ofrece la oportunidad de disfrutar del Carnaval con una presión menor de gente, permitiendo apreciar detalles que el sábado pasan desapercibidos: el sonido de las maderas de la plaza al crujir, el olor a carne asada en las brasas y la camaradería de los que comparten una pasión que no entiende de horarios.
Martes: El Sacrificio de los Últimos Valientes
El martes es el epílogo de fuego y aguardiente. Es el día de los que resisten, de los que han hecho del Carnaval su forma de vida durante una semana. El punto fuerte indiscutible es el Toro del Aguardiente. A una hora en la que el frío de la meseta aún hiela el aliento, suena la campana para soltar al último gran protagonista de las fiestas.
Este evento tiene un carácter casi místico. Los corredores, envueltos en el vaho de la mañana y animados por el tradicional trago de aguardiente y las perronillas (dulces típicos), se enfrentan al animal en una danza final de valor. El martes tiene un aire de despedida que lo hace especialmente emotivo. Es el día en que se celebra el último encierro y las últimas capeas, donde cada minuto se exprime como si fuera el último. Por la tarde, la entrega de premios y los actos de clausura marcan el fin de la fiesta, pero en realidad, es el inicio de la melancolía. El martes es el día en que se empieza a hablar del año que viene, demostrando que en Ciudad Rodrigo el Carnaval no es un evento, es un ciclo vital que se cierra para volver a nacer con más fuerza si cabe.
Una Muralla contra el Olvido
Recorrer Ciudad Rodrigo de viernes a martes es entender que la tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego. Cada día del Carnaval del Toro aporta un matiz diferente a una obra de arte colectiva que se escribe sobre el suelo empedrado y el albero. Desde la euforia colectiva del viernes hasta la resistencia física del martes, pasando por la locura del sábado, la belleza plástica del domingo y la verdad torera del lunes, Miróbriga ofrece una lección de identidad que no tiene parangón en la geografía española.
El Carnaval de Ciudad Rodrigo es, en última instancia, el triunfo de lo auténtico sobre lo impostado. Es el lugar donde el hombre se mide con la fiera, donde la risa del disfraz se mezcla con la seriedad del rito y donde, por unos días, todos somos parte de una leyenda que se renueva cada vez que la campana «Gorda» decide que es hora de volver a soñar con el toro.